EN ESPAÑOL E INGLES
El viento aullaba como un lamento ancestral, sacudiendo las copas de los árboles y arrastrando la tierra roja del suelo. En el corazón de la ciudad, donde el concreto y el acero intentaban sofocar la voz de la naturaleza, Oya se manifestaba. No era el viento suave que acariciaba las mejillas, sino el vendaval furioso, la tormenta que rugía con la fuerza de mil leones.
Oya, la madre que lleva los mensajes, la que obedece solo a su propia voluntad, danzaba entre los edificios, su aliento poderoso capaz de derribar muros y desgarrar los cimientos. Los que la conocían, los que sentían en sus venas la sangre de los Orishas, la llamaban con reverencia y temor. Sabían que Oya podía ser generosa y destructiva, dadora de vida y portadora de la muerte.
"Kú emi el hijo de Oya tí nké," resonaba en los callejones oscuros, la voz de los fieles que imploraban su favor. "Opere kuemi, yo hago caso de Oya." Reconocían su poderío, la fuerza indómita que podía arrasar con todo a su paso. No se atrevían a negar su capacidad para derribar el árbol tras la casa, para desatar la furia de la naturaleza sobre sus vidas.
Pero también sabían de su generosidad. Le pedían dinero, la abundancia que fluía como el río caudaloso. Le pedían hijos, la continuidad de la vida, la promesa de un futuro. Le pedían longevidad y buena salud, el sustento para disfrutar de las bendiciones que Oya podía otorgar.
Oya era la que se peleaba con el aire fuerte de la ciudad, la que dominaba la fuerza invisible que podía matar a un hombre con un solo aliento. Su fuego quemaba con la intensidad de un techo en llamas, un calor abrasador que consumía la impureza y purificaba el alma.
Sàngó, el señor del trueno, compartía con ella su poder, pero Oya era diferente. Sàngó mataba con el rayo, un golpe directo y fulminante. Oya, en cambio, llenaba el techo de la casa con su aire, una presencia omnipresente que envolvía y transformaba. Era Oya dolu Ayansipo, el aire que danza, el viento que susurra secretos y desata la tormenta.
A pesar de su poderío, Oya también tenía sus debilidades. Era la que invitaba a uno a tomar algo, la que ofrecía comida sin querer. Su corazón se llenaba de alegría cuando veía el poroto, la salsa de melón, los manjares que le recordaban su conexión con la tierra y la fertilidad.
Era la que tenía teta redonda, la mujer bajita, la esposa de Sàngó. En su cuerpo pequeño se concentraba una fuerza descomunal, capaz de destruir los árboles desde arriba, de arrancarlos de raíz y lanzarlos al cielo.
Y cuando se vestía con el fuego, cuando cubría su cuerpo con las llamas, se convertía en una visión imponente, una diosa de la tormenta que danzaba en el límite entre la vida y la muerte.
Oya era la complejidad de la naturaleza, la fuerza indómita que no podía ser controlada. Era la madre que protegía y castigaba, la esposa apasionada, la guerrera invencible. Y su historia se contaba en el viento, en el fuego, en el barro partido que suena bajo los pies de los que la veneran.
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The wind howled like an ancestral lament, shaking the treetops and stirring up the red earth from the ground. In the heart of the city, where concrete and steel attempted to stifle the voice of nature, Oya manifested. It wasn't the gentle wind that caressed cheeks, but the furious gale, the storm that roared with the force of a thousand lions.
Oya, the mother who carries the messages, the one who obeys only her own will, danced among the buildings, her powerful breath capable of tearing down walls and ripping apart foundations. Those who knew her, those who felt the blood of the Orishas in their veins, called upon her with reverence and fear. They knew that Oya could be generous and destructive, giver of life and bringer of death.
"Kú emi the son of Oya tí nké," resonated in the dark alleys, the voice of the faithful who implored her favor. "Opere kuemi, I obey Oya." They acknowledged her power, the untamed force that could devastate everything in its path. They didn't dare deny her ability to make the tree fall behind the house, to unleash the fury of nature upon their lives.
But they also knew of her generosity. They asked her for money, the abundance that flowed like the mighty river. They asked her for children, the continuity of life, the promise of a future. They asked her for longevity and good health, the sustenance to enjoy the blessings that Oya could bestow.
Oya was the one who fought with the strong air of the city, the one who dominated the invisible force that could kill a man with a single breath. Her fire burned with the intensity of a roof in flames, a scorching heat that consumed impurity and purified the soul.
Sàngó, the lord of thunder, shared his power with her, but Oya was different. Sàngó killed with lightning, a direct and devastating blow. Oya, on the other hand, filled the roof of the house with her air, an omnipresent presence that enveloped and transformed. She was Oya dolu Ayansipo, the dancing air, the wind that whispers secrets and unleashes the storm.
Despite her power, Oya also had her weaknesses. She was the one who invited one to have a drink, the one who offered food unintentionally. Her heart filled with joy when she saw the beans, the melon sauce, the delicacies that reminded her of her connection to the earth and fertility.
She was the one with round breasts, the short woman, Sàngó's wife. In her small body was concentrated an immense force, capable of destroying trees from above, of uprooting them and launching them into the sky.
And when she dressed in fire, when she covered her body with flames, she became an awe-inspiring vision, a goddess of the storm who danced on the boundary between life and death.
Oya was the complexity of nature, the untamed force that could not be controlled. She was the mother who protected and punished, the passionate wife, the invincible warrior. And her story was told in the wind, in the fire, in the broken clay that sounds under the feet of those who venerate her.