El octavo día de este sombrío periplo amaneció con un presagio lúgubre. Mendoza, con un brillo macabro en los ojos, nos condujo a un vetusto cortijo abandonado, cuyas ruinosas piedras prometían un telón de fondo apropiadamente desolador. Los técnicos, con movimientos febriles pero precisos, se afanaban en la instalación de sus infernales dispositivos: luces que proyectaban sombras alargadas y grotescas, y cámaras que parecían poseer una mirada malévola.
Los actores, entre los que me cuento, fuimos guiados a las profundidades de esta ruinosa edificación por el enigmático Macatangay. Mendoza, sin embargo, permaneció en el umbral, cual oscuro maestro orquestando una sinfonía de sombras y pavor.
Mi mirada, lo confieso, se sintió repetidamente atraída por la joven María. Una extraña corriente, encendida el día anterior, chispeó de nuevo entre nosotros. Ella se rezagó de los demás, absorta en sus cavilaciones, y nuestros ojos se encontraron a través de la polvorienta extensión.
El cielo, como si estuviera en connivencia con el sombrío estado de ánimo, desató una ráfaga de aguanieve, una lluvia gélida y etérea que danzaba con el viento. Un repentino y violento portazo resonó en el patio, cuando una antigua puerta, al parecer por su propia voluntad, se cerró con estrépito. Sin embargo, en nuestra preocupación, se le restó importancia: una mera bagatela comparada con la opresiva atmósfera del maldito hotel del que tan recientemente habíamos escapado.
Las escenas iniciales, plagadas de inquietantes símbolos grabados en las desmoronadas paredes -símbolos de un origen más que dudoso-, despertaron desasosiego entre los actores. Se convocó un breve respiro, un frágil intento de calmar la creciente tensión.
Al declinar el día, una niebla espectral, un sudario impío, se extendió por la tierra. De nuevo, su presencia se atribuyó a los caprichos del clima, a la desolada soledad de nuestra ubicación.
Pero entonces, el Oriental, con el rostro surcado por un terror que desmentía su estoica naturaleza, presenció una visión que desafiaba toda explicación racional. Una pesada puerta de roble se abrió con un chirrido, como si fuera invocada por manos invisibles, y una voz, hueca y sepulcral, susurró su nombre, una y otra vez: "¡Ven! ¡Ven!".
Avisó a Mendoza, y juntos, se aventuraron en la prohibida estancia, dejando atrás a los demás, no fuera a ser que sus mentes se envenenaran con los horrores que allí se ocultaban.
La habitación reflejaba, con una precisión escalofriante, el maldito hotel que habíamos dejado atrás. Los mismos muebles malévolos, los mismos siniestros retratos, dispuestos en la misma configuración impía. "¡No puede ser!", exclamó el Oriental, con la voz temblorosa. "¿Estáis presenciando lo mismo que yo?".
Mendoza, con el rostro convertido en una máscara de asombro y aprensión, solo pudo asentir. Entonces, una forma se materializó en las sombras: una figura oscura y cambiante, vagamente humanoide, con los bordes borrosos e indistintos. Levantó un brazo, un gesto de terrible importancia, y su voz, un ronquido gutural que parecía emanar de las entrañas mismas de la tierra, entonó:
"Vosotros sois los elegidos".
"Debéis hacer partícipe al mundo de que Lucifer está aquí, y se prepara para el inevitable final".
Una luz cegadora inundó la habitación por un instante fugaz, luego se desvaneció, dejándonos de nuevo en la opresiva penumbra.
Lejos de retroceder con miedo, Mendoza y el Oriental fueron embargados por una sombría determinación. Reflexionaron sobre la conexión entre la anterior manifestación, la representación de Lucifer y Melpómene, y esta nueva e infernal declaración.
"Está claro", declaró Mendoza, con voz resuelta, "que la película debe concluirse, y su mensaje transmitirse al mundo. Pero hasta entonces, ni actor ni técnico deben conocer la verdad de esta maldita producción, dondequiera que nos lleve".
El Oriental, con los ojos ardiendo con un extraño fervor, estuvo de acuerdo. Y yo, testigo mudo de estos extraños sucesos, juré por mi alma guardar el más absoluto secreto, hasta que el último rollo haya sido proyectado.